top of page

Reminiscencia | Esencia Journal

  • Foto del escritor: Ana Paula Rivas
    Ana Paula Rivas
  • 13 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Todo lo que él tocaba parecía esconder una promesa, algo lleno de potencial. Incluso las cosas más simples —un libro, una taza, una ventana entreabierta— parecían cargadas de significado, como si la luz misma eligiera seguirlo.


Retoma la historia desde Nostalgia


Pero la cima nunca llegaba; era solo un espejismo. Poco a poco, todo se volvió un trueque. Estar a su lado comenzó a sentirse como haber tomado el tren equivocado, un pasaje a ninguna parte: el Legendario Expreso de Oriente. Destinos prestigiosos. Aventura infinita. Desconexión absoluta.


Mi paisaje interior era un desierto: árido, estéril, lleno de grietas.


Es necesario tener cuidado con lo que hacemos en nombre de la “aventura”, de ese impulso por sentirnos vivos. Hay experiencias que nos pertenecen, pero también hay viajes en trenes equivocados de los que deberíamos bajarnos en la estación más próxima.


Desde mi vagón revestido de caoba y terciopelo, mientras el mundo exterior se desdibujaba por la velocidad, yo encontraba un falso confort en la aceleración. Vivía para sostener un estilo de vida que siempre me dejaba con hambre de más; trabajaba para permanecer en un lugar que solo ofrecía una falsa sensación de pertenencia. Cada paso en su dirección —el tren a toda velocidad— era un intento por construir una vida llena de certidumbre, por cumplir expectativas ajenas. Era encerrarme, capa tras capa, en una versión de mí que conocía de memoria, pero que ya no me habitaba. Había dejado de proyectar un futuro desde esa versión tan pulida para los ojos ajenos. La fractura interna crecía en silencio.


Y, por paradójico que suene, entre tanta comodidad, yo no sabía a dónde me dirigía. Solo escuchaba el ritmo monótono del tren avanzando sobre vías que alguien más había tendido. Un pasaje a ninguna parte: el Legendario Expreso de Oriente.


Hoy me suspendo en este instante: en esta nostalgia que me visita cada vez que advierto que he crecido en una dirección completamente opuesta, inesperada y a la vez, tan natural. Me he convertido en alguien a quien amo y admiro profundamente, aunque muchos de sus rasgos aún me resulten desconocidos.


Y, por paradójico que suene, aunque esta nueva versión no me ofrezca la seguridad del mapa anterior, por dentro puedo ver el futuro. Puedo discernir con claridad quién soy y hacia dónde camino.


En este cóctel eterno de instantes y memorias, pasan por mi mente unos versos que escribí años atrás:


En mi propio Génesis, también hay una serpiente.

Y un jardín repleto de frutos que se consideran prohibidos.

También hay un nombre que no se me permite pronunciar.


El arquetipo es clásico:

Eva, la transgresora. Adán, el testigo.


El eje del mundo perdiendo el equilibrio con una sola mordida.

Un cosmos desatado por un solo acto de conocimiento.

Y, sin embargo, el impulso fundamental de mi conciencia

no avanza hacia la preservación, sino hacia la verdad.


Al parecer, algo en mí se inclina hacia lo que muchos llaman peligro,

hacia una dulzura que hiere,

siguiendo una voz suave que dice:

«Este es el camino hacia tu próximo error».


Quizás la creación solo haya sido un acto de inocencia,

pero en el instante en que se elige lo prohibido y se le nombra verdad,

se convierte, al parecer, en un acto de transgresión.


No creamos desde el vacío, sino desde un pacto roto: la traición.

Y el primer acto creativo es nombrar lo prohibido: verdad.

Y el acto final es elegirlo deliberadamente

y tener el coraje de llamarlo divino.


Intento atrapar este momento para entenderlo. Mirarlo de frente, como reflejada en un espejo, y declarar: me he salvado a mí misma. He salido adelante.


Y aun así, a veces me pregunto: si hubiese escuchado antes a mis voces interiores, si hubiese seguido las señales de mi intuición y mis sueños, ¿estaría hoy acá, en este preciso lugar?


Acompáñame en el recorrido

Comentarios


bottom of page